Sencilla y coquetona lucía la casita que con enormes sacrificios, había construido Sebastián, en las márgenes del río Panajachel. Vista de lejos, semejaba un cascarón de carnaval, tal la variedad de colores con que el muchacho la había pintado.
Gran numero de tiestos y latas pendían en el corredor, con flores de diferentes matices, que embellecián de sobremanera la casita, acusando la presencia de manos femeninas en el hogar y para que nada faltara, en una jaula de bambú, dejaba oír su canto, una paloma cantora y una cachajina.
Si por fuera la casita de Sebastián tenía un aspecto encantador, en su interior ocurría lo contrario, todo era completamente diferente.
Allí un cuadro de dolor y angustia se hacía patente y las largas noches de vigilia, habían dejado ya, hondas huellas de tormento, en los pálidos rostros de las tres personas que en la casa residián.
Sebastián joven jornalero, que reunía en su persona todas las características de los antiguos mayas, yacía ahora postrado en un rustico tapesco, víctima de la locura, enfermedad que le había sobrevenido a consecuencia de un golpe recibido cuando accidentalmente cayó del techo de su casita, cuando daba los últimos martillazos para terminarla.
La imagen de San Francisco esculpida por Sebastián, un incensario de barro, embalsamaba el ambiente con el olor del pom y estoraque, una candela de cebo colocada frente al santo, alumbraba la habitación con su luz titilante.
Las horas pasaban lentamente y el silencio que en la habitación reinaba solo era interrumpido de vez en cuando por el lúgubre canto de un tecolote, que posado en la rama más alta de un guayabal cercano a la casa, parecía solazarse en hacerles más amargo el momento a las infelices mujeres, principalmente a la anciana, que era la que más creía en los malos presagios del feo animal. Con ojos dilatados por la angustia y el espanto y dirigiéndose a su nuera exclamó:
-¡Otra vez ese maldito tucur…!
-¡Agarrálo Malena y le retorcés el pescuezo!
-¡Si no se puede nana!- exclamó la muchacha y tratando de tranquilizar a su suegra, prosiguió:
-¡Dejálo estar nana, dejálo que cante…! Ya va a venir al zahorín, a curar a Sebastián, con ña manteca de mazacuata y en cuanto él esté bueno… entonces le arrancamos la lengua a ese maldito “tucur”
En ese momento apareció en el umbral de la puerta, un viejecillo que se apoyaba en un bastón, cuyo mango semejaba la cabeza de un tecolote… era el anciano zahorín que llegaba a curar al muchacho. Mientras tanto llovia muy fuerte.